El correo electrónico estaba fechado el 23 de noviembre de 2015, el día después de las elecciones que convirtieron a Mauricio Macri en presidente.
El asunto decía: “Bruno Barbier”.
Y el texto, dirigido al periodista Marcelo Larraquy, era amable y enfático a la vez.
“Mi nombre es Géraldine Smeets, soy belga, vivo desde hace ya 19 años acá en Argentina. Soy gerente de la Cámara de Comercio Belgo-Luxemburguesa, y por mi actividad conozco personalmente a Bruno Barbier”, se presentaba.
Y enseguida, sin anestesia, iba al grano: “Quisiera comentarle, a pesar de que hace ya varios años se le adjudicó el título de conde acá en Argentina, que no lo posee. En ningún momento él o su familia fue parte de la nobleza belga. Saludos cordiales”.
Larraquy acababa de publicar en el diario Clarín una nota titulada: “Juliana Awada: la nueva primera dama, educada para sonreír”. Allí enumeraba a modo de síntesis: “Vivió diez años con un conde belga. Es elegante y sexy. Profundizó la relación con Macri en el gimnasio. Esquiva la política. Cartera Hermès y taller clandestino”.
Pero al menos el primero de los puntos era incorrecto. Y Géraldine Smeets no quería que el error se pasara por alto.
¿Quería desenmascarar al falso conde?
Larraquy me cedió el curioso e-mail para este capítulo y explicó:
–Nunca publiqué la aclaración. La nota ya había salido y no tenía sentido detenernos en ese detalle.
Pero lo que para el periodista era un detalle, una imprecisión de esas que abundan en el arduo oficio de informar, a Juliana podía parecerle un asunto de vida o muerte.
En casi diez años de relación, ni Bruno Barbier ni ella se habían tomado el trabajo de aclarar el malentendido, a pesar de ser figuras que desfilaban habitualmente por las revistas de la farándula. Eran famosos, en parte porque Juliana ya brillaba al frente de los diseños y la tarea comunicacional de Awada, una marca líder, y en parte porque su media naranja no era un cualquiera –un gris abogado, un frío dentista, un comerciante anónimo–, sino que ostentaba el título de conde.
Conde y extranjero, mejor aún.
Era un miembro de la nobleza europea, como se repitió una y otra vez en los medios.
Pertenecía al jet set internacional, a un ambiente en el que la bella Juliana definitivamente se sentía a gusto.
Lástima que la entrometida Géraldine Smeets tuvo que venir a romper el hechizo.
Cuando consulté sobre este asunto a un amigo de la primera dama, el relacionista público Hernán Nisenmaum, quien prometió oficiar de mediador con ella, la respuesta tardó interminables días en llegar.
Finalmente Nisenbaum me transmitió, algo desencantado:
–Es verdad lo que preguntabas, Juliana dice que Bruno Barbier no es conde.
–¿Tiene algún otro título nobiliario? –traté de mantener la ficción.
Nisenbaum negó:
–No, nada.
–También me dijeron que ellos nunca se casaron –seguí tanteando.
–Qué raro –dijo el amigo de Juliana–, es la primera vez que escucho eso. Estoy seguro de que estaban casados.
Pero no.
A pesar de las entrevistas en las que Juliana siempre hablaba de su “marido” o de su “matrimonio” con Barbier, los allegados a él me confirmaron que nunca hubo casamiento, ni tampoco división de bienes cuando todo concluyó. Lo mismo se desprende de los registros públicos sobre ambos.
Juliana no estuvo casada con un conde. Estuvo “juntada” con un plebeyo.
Millonario, eso sí.
Es hora de presentarlo formalmente al protagonista de este capítulo: Bruno Laurent Phillipe Barbier –cómo no confundirlo con alguien de la nobleza con semejante despliegue de nombres– es heredero de una de las familias más ricas de Bélgica, dueña de una fortuna que se calcula en 370 millones de euros. Es nieto de Joseph Vandemoortele, propietario de una de las empresas alimenticias más importantes, que fabrica margarinas, aceites, salsas, panes y pasteles. Los medios especializados de Bélgica aseguran que el patrimonio de Vandemoortele es uno de los 25 más abultados de ese país.
¿Qué hacía Barbier, además de gastarla, cuando conoció a Juliana Awada? En la Argentina era presidente de cinco empresas. Dos de ellas, Gapp Semillas y Fipan, dedicadas a la explotación agropecuaria y al desarrollo de emprendimientos agroganaderos. Otra de sus firmas, Erelle, tenía como objetivo el diseño y la fabricación de muebles, obras de arte, espejos y esculturas moderas. En cambio, su empresa FM2B prestaba servicios a portales de internet y se especializaba en investigación de base de datos, licencia y venta de software. La última firma que presidía, Agro Invest SA, propiedad de accionistas europeos, poseía y explotaba 32 mil hectáreas de campos de soja en Buenos Aires, Santa Fe y Santiago del Estero.
El mediático abogado Mauricio D’Alessandro, quien conoce bien a Barbier, cree que su riqueza está sobrevaluada.
–Tiene plata, pero no los 400 millones de euros que dijeron –me confió.
Para conquistar a Juliana, de todos modos, alcanzaba.
Como en un cuento de hadas moderno, Barbier la conoció en el business class de un vuelo de Air France rumbo a París. Era el invierno del año 2000 y ella andaba ya por los 26. La casualidad lo colocó al empresario belga en un asiento vecino al de ella, distanciado apenas por el pasillo. Primero hubo algún comentario gracioso de él, algunas sonrisas de ella, y luego la amable charla se fue volviendo más íntima, en plena noche sobre el Atlántico, susurrando para no despertar a los otros.
“Pomi” Baker, que acompañaba a su hija, dormía en el asiento al lado de ella. O acaso fingía dormir para darles privacidad.
A Juliana la impactaron los modales del belga. Su caballerosidad sin límites, sus anécdotas de hombre de mundo, su refinamiento, hasta su calvicie bien llevada y su dificultoso castellano atravesado por palabras en francés y un indisimulable acento extranjero. Nunca había conocido a un candidato que pudiera perfectamente confundirse con un conde.
Cuando aterrizaron en París, por la mañana, ya habían intercambiado tarjetas y hablado de futuros encuentros.
El galán, que debía seguir viaje hacia Bélgica, se despidió calurosamente.
A “Pomi” le informó, sonriendo:
–Señora, me voy a casar con su hija.
Muchos años después, la despistada Susana Giménez invitó a su programa a Mauricio Macri y a Juliana, y le preguntó a él:
–¿Pero cuándo fue que en un viaje a París hablaste con la madre y le dijiste “me voy a casar con su hija”?
Juliana rompió el incómodo silencio que se hizo:
–No, ese es mi anterior marido…
–Ese es el anterior –se rio Macri, que, ya se verá, no lo quiere nada a Barbier.
Susana bajó la vista, abochornada.
Macri se tentó:
–¡Producción, producción, se cierra todo! ¡Salimos del aire!
–Me muero… –se disculpó Susana.
Pero hay que volver a los comienzos de la historia de amor entre Awada y Barbier. Semanas después de aquel flechazo en el avión, la relación se oficializó y ella se mudó a la amplia casona de él en el coqueto Barrio Parque, sobre la calle Ombú al 2800, pegada a otra imponente propiedad que alguna vez fue habitada por Macri y su primera esposa, Ivonne Bordeu.
Juliana venía de una vivir época de cierta angustia luego de la separación de su primer marido, Gustavo Capello, y de las habladurías en el entorno de la familia que señalaban a otro galán, el sobrino de Luis Ruzzi, como el responsable de ese fracaso matrimonial. Pero tampoco en ese novio de transición –por llamarlo de algún modo– había encontrado ella lo que buscaba. Cuando apareció Barbier, el sobrino de Ruzzi pasó definitivamente al olvido. Como Capello antes de él.
Un amigo de Juliana que pidió no ser identificado me confió:
–Creo que desde los 16 años en adelante, ella no estuvo soltera ni por un minuto.
–¿Qué quiere decir?
–Eso –dijo el amigo–. Es solo un dato, no un juicio de valor.
Lo cierto es que el falso conde belga convirtió a Juliana en otra mujer. Por indicación de él aprendió a hablar francés, y pronto se acostumbró a veranear en Mónaco o la Costa Amalfitana, a recorrer París en bicicleta y memorizar cada rincón de su ciudad fetiche, a viajar en avión privado a Punta del Este, descubrir los paisajes de Europa del Este y también acompañarlo a Suiza o Bruselas cuando hacía falta.
Una vida de princesa, con viajes por el mundo y amistades exclusivas. Por ejemplo, Máxima Zorreguieta, la reina de Holanda cuyo título sí era real y que conocía bien a Barbier: los dos cada tanto se cruzaban en Amsterdam o en la patagónica Villa La Angostura, un hábito, este último, que Juliana también heredó de su pareja.
Otra amistad destacada de esos tiempos era la de los Saguier, accionistas del diario La Nación y emparentados con Barbier en algún emprendimiento agronómico. Juliana se hizo íntima de la mujer de Fernán Saguier, el subdirector del diario, y hasta tuvo la potestad de pedir por algún cambio de foto o de título en los reportajes que le hacían ese medio.
* Extraído del libro “Juliana” (Planeta, 2016)
