Un estudio de la University College London revela cómo las pequeñas mentiras pueden desensibilizar al cerebro y escalar hacia una deshonestidad mayor, afectando el bienestar emocional y cognitivo.
La tendencia a decir mentiras aparentemente inofensivas en contextos sociales puede convertirse en un hábito con consecuencias significativas para la mente. Investigaciones en neurociencia y psicología explican los mecanismos detrás de este comportamiento y sus efectos a largo plazo.
Un estudio de la University College London (2016) demostró que decir pequeñas mentiras desensibiliza la amígdala, región cerebral asociada a las emociones negativas. «Cuando mentimos por beneficio personal, nuestra amígdala produce una sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir», explica Tali Sharot, autora principal del estudio. «Sin embargo, esta respuesta se desvanece a medida que seguimos mintiendo, y cuanto más disminuye, más grandes se vuelven nuestras mentiras».
Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología Buenos Aires (INBA), detalla: «La deshonestidad aumenta gradualmente con la repetición. Al principio, mentir genera más aversión. Con repeticiones, esa señal se atenúa, y la conducta se vuelve más fácil de escalar».
Desde la psicología, Macarena Gavric Berrios, especialista en trastornos del desarrollo, señala que sostener una mentira implica una elevada carga cognitiva. «Ese esfuerzo continuo se asocia a una mayor activación del eje del estrés, lo que puede traducirse en síntomas como fatiga mental, dificultad para concentrarse e irritabilidad», afirma. Además, la experta advierte que la incongruencia entre lo que se piensa y se comunica puede afectar la autoestima, favorecer la culpa crónica y generar una sensación de falta de coherencia interna.
Klaus Boueke, psicólogo, agrega: «El costo de una mentira es lo que llamamos contradicción. Sostener algo que no es auténtico supone un gasto emocional, energético e intelectual muy alto».
Gavric Berrios concluye que vivir en un patrón de mentira crónica mantiene al sistema nervioso en un estado de vigilancia permanente, lo que genera desconfianza constante, agotamiento y una menor capacidad de regulación emocional. «La discrepancia entre la identidad pública y la experiencia interna favorece sentimientos de aislamiento», finaliza.
